dijous, 23 d’abril de 2009

Granada Gójar y Almanjáyar

Tras dos años añorando su luz, he vuelto a Granada. Allí viví, soñé, estudié, amé. Allí nacieron mis hijos, corrieron por sus parques, fueron a la escuela. Allí viven muchos de mis mejores amigos, y algunos, pocos, únicos, verdaderos. Mi Semana Santa ha sido volver a los barrios, saludar a gentes, reencuentro de lugares, esquinas, tiendecillas, y callejear confiado por una ciudad que me reconoce y a la que conozco.

Además de eso, y al parecer, se sucedía una Semana Santa, la oficial, la del penitente y el turista, que como otras que allí viví me ha tocado de refilón, por allí sonaba la Cofradía de los Favores o salía el Cristo de los Gitanos. He vuelto a andar por la Huerta de San Vicente, paseando lánguidamente, mirando los nuevos brotes de los rosales y sabiendo que a escasos metros reposaban los versos del poeta, ya leídos, ya vistos, ya conocidos. He estado en Santa Ana y Plaza Nueva levantando levemente la cabeza para constatar que allá arriba se mantenían los momumentos millonariamente visitados. Ha hecho frío, bastante, y hasta ha llovido,lo suficiente, me da igual. Cuando amas algo no te importa el tiempo, siempre lo disfrutas.

Allí, en su estudio de Gójar, una tarde hermosamente nublada, fría, Manuel Gómez Rivero, Manolo, quizá el mejor pintor andaluz del momento, me enseñó que aún quedan muchos siglos para acabar la Alhambra, y como bien dice en su diario y citando a Marco Aurelio: "dentro de X años todos los que me rodean, no estarán", cuando eso suceda, quedará en sus pinceladas el eco de nuestras risas y veladas, charlas de libros, con las carreras de los niños, chicos, pegándose y jugando o llorando con dos velas de mocos. Nunca, cuando los sesudos visitantes de museos, cuando los estresados por las vacaciones culturales "aprovechen" bien su tiempo atragántandose de "saber" y se paren frente a sus cuadros, nunca podrán ver el reflejo de papá Jaime escanciando una botella de vino del país o el sabor de unas habas frescas, con salaillas, recién cogidas de su huerta.
Le dábamos la espalda a un hermosos díptico mientras aporreábamos el desafinado piano que una escocesa aparcó en su casa, y estábamos a oscuras, con los chaquetones puestos, con la tarde avanzada, como en tu casa o en la mía.

Volvíamos, cada noche, con las pilas de lo habitual, con los sabores de lo conocido, con los olores del los nuestros, y volvíamos donde arden las candelas de la zona más pobre y deprimida de Granada, donde están los que sí son, si hacen ciudad y nadie cuenta con ellos, donde más pasión hay y no llegan las procesiones, donde más arte se acumula y no hay teatros, donde más se ríe, y nunca esperan buen tiempo para ir de vacaciones, porque nunca van. Almanjáyar. Bien pronunciado "er poligano" Atrapados en la verdad del día a día, y siempre soñando en salir de ella. Como todos, en realidad, como todos.

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